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DESCUBRIMIENTO

A veces pienso que los modelos de felicidad son impuestos por la sociedad, y en muchas ocasiones cuando creo que me siento feliz no es más que la imitación de un modelo.

Y aunque parezca extraño, me he percatado de esto en los momentos más tristes con los que me he enfrentado. La causa es, porque en los momentos de inmensa alegría, los pensamientos se nublan y se dejan llevar por el caudal del placer, satisfacción y el gozo del instante. En las situaciones lóbregas, la reflexión salta y paraliza, detiene la visión y el mundo avanza en slow motion.

Me di cuanta de esto allá por mes de abril del año Dos mil, mi abuelo falleció, mi abuela y tíos, lloraban la pérdida, una gran pérdida que en ese memento sentían. Mis primos, con los que compartía casi la misma edad, lloraban terriblemente. La escena de cuando llegó mi abuelo dentro de su féretro fue desgarradora, gritos, llantos, dolor; todo cubierto por un velo negro. Sin embargo yo no podía llorar, y si, en ese instante me sentía como un monstruo.

Yo tenía quince años, los lazos que me unen y unían con mi abuelo no fueron más que por la biología, y supongo que las nueras de mi abuelo y mis primos de dos o cinco años que apenas y habían tenido un acercamiento con él no se deberían de sentir devastados y sin embargo lloraban con inmensa dolencia.

Me sentí fuera de lugar, intente sollozar y por más que lo forzaba y se acercaba, desaparecía en un instante. Me aleje de la casa, sintiéndome cada vez más apenado. Tenía miedo de que alguien me viera y dijera: “miren el no llora por la gran pérdida” y todos me voltearan a ver con cara de desaprobación.

Entonces vi la respuesta, a metros de mi, bajo el dintel de la puerta principal de la casa de los abuelos, estaba sentada ella, mi abuela. A su lado, como un gendarme, un primo, el negro o miguelon el cual miraba a todos ávidamente. Entonces llegó una comadre más. Se acerco a ella y gritó, en ese momento Eusebia y comadre rompen en llanto, mi primo pierde el semblante pícaro que tenia y rompe a llorar, emulando a las personas se dejaba arrastrar por el dolor que ellas le transmitían y así se repetía la escena una y otra vez cada que una nueva persona se acercaba a darle el pésame a la devastada viejecilla.

Ahí estaba la respuesta, no sentían el dolor, lo imitaban. Y si seguimos con el precepto de que todo en el mundo es dualidad: a lo blanco, negro; a lo negativo, positivo; a lo feo, bonito; y a lo triste, la felicidad, en esta ultima es aplicable el escenario de la emulación.

¿Acaso los cumpleaños deben de ser los días más radiantes de nuestras vidas?, ¿o las fiestas ostentosas a nuestro honor como las bodas, quince años y demás?, o simplemente reaccionamos así por que antes nos dicen: este es tu día, así que disfrútalo. ¡Nos dan la orden de ser felices!

¿Cuantas veces hemos sido realmente felices? Aristóteles sostenía que la felicidad se obtenía por medio de la acumulación de bienes, pero no de los bienes materiales, sino bines como la virtud y el poder, y ahí salta a mi mente aquellos días de reyes, en los cuales todos los niños se llenan de bienes: juguetes, consolas, bicicletas, y allí andan con su sonrisota, burlándose y presumiendo al que menos tiene o compartiendo su alegría….. de amaranto que por supuesto no se comerá por andar juzgando hasta el cansancio, enviciándose y he ahí que nos encontramos con que la felicidad nunca puede ser amiga del vicio, y ésta deja de serlo y es cuando el juguete se convierte en un amo. Es de suma importancia recordar que el hombre se tenía que mantener en un punto medio. Y así estamos, somos como una hoja de sismograma, oscilando entre la tristeza y la alegría.

Creo que el ser felices es saber reconocernos en todo momento, lo más difícil es saber que lo que queremos es por que realmente lo queremos. El temor que infunde el transitar como seres libres sin limitaciones, es muchas veces el bloque que encontramos frente a nuestras aspiraciones. La toma de decisiones, y la responsabilidad asusta con frecuencia y no enfrentarnos a esas temibles sombras conlleva al conformismo.

Días felices, he tenido pocos, pero los he sabido reconocer, gracias a aquel día, triste para algunos, pero el más feliz de mi vida.

Posted by Rodrigo Neria on 14:29. Filed under . You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0. Feel free to leave a response

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